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Salud. Hospitales y Prepagas.

Un tema que la política esquiva.

Por Alfredo Zurita

Días pasados, en una entrevista, el conocido actor Gerardo Romano se lamentó de lo que cuesta su prepaga, ya que cobra de jubilación solo 10.300 pesos, una de las razones por las que sigue trabajando con más de 70 años. Pero, agregó, "no quiero pasar por las miserias del hospital público". Me llamó la atención porque Romano es considerado un “progre”, y por tanto, no enemigo de lo público.

Supongo que se refería al maltrato y colas de espera que caracterizan a los hospitales públicos, y no a la calidad de atención en emergencias, porque como hemos visto en el caso de la balacera en la plaza del Congreso la semana pasada, el SAME llevó a las dos víctimas al hospital público más cercano, y lo mismo se hizo con el cantante Sergio Denis tras su accidente en Tucumán.

El sábado, el jefe de gobierno de CABA se refirió en un programa de TV a las mejoras y refacciones que se están haciendo en las guardias de los hospitales de esa ciudad, y lo mismo ha hecho la gobernadora de la provincia de Buenos Aires en reiteradas oportunidades, además de extender el prestigioso SAME a la provincia.

El jefe de gobierno se refirió también a los esfuerzos que se están haciendo para que la gente no vaya en forma directa a los hospitales, sin previa consulta en los CESAC, como llaman allá a los centros de salud. La gente que consulta en las guardias hospitalarias por causas que no son emergencias distrae al personal y los recursos de las emergencias, y debiera ser evitado, pero es común en muchos sistemas de salud, porque la gente que no tiene obra social, o recursos para pagar una consulta, prefiere ir a los hospitales directamente.

Descuento que tanto los dos baleados la semana pasada en Congreso, como Sergio Denis tenían obra social, y seguramente también prepaga, pero la medicina privada en general no está preparada para atender emergencias, porque es un servicio que no da ganancias. El equivalente seria como poner un servicio privado de bomberos. Nadie lo hace porque los incendios son eventos raros, y los bomberos deben estar de todas maneras en el cuartel, cobrando aunque no estén apagando incendios.

En el sistema de salud argentino, la dualidad publico privado se resuelve por pérdidas y ganancias, lo que deja ganancias lo absorbe la medicina privada, lo que deja pérdidas para lo público.

En el sistema de salud inglés, que en general sirve de modelo a los países que después crearon estos sistemas, la atención hospitalaria es pública, en tanto que la atención ambulatoria es privada. Esto combina los intereses de todo el mundo. Los médicos, como todo el mundo, queremos ganar lo más posible, pero no tenemos mucha posibilidad de inversión, así que solo nos metemos en el negocio de la internación si las reglas son muy light, como en Argentina, donde si se aplicaran los criterios de los países desarrollados para habilitar clínicas y sanatorios se cerrarían casi todos, lo que era la gran preocupación del ministro Carrillo (1946-54), que quería terminar con las “clinicuchas”, permitiendo la actividad privada en los hospitales para los pacientes que así lo requiriesen como él había visto en Europa, donde aún es así.

Carrillo no era partidario de estatizar la medicina, como dicen erróneamente quienes reclaman “volver a Carrillo”, como sinónimo de cargos públicos bien pagos.

Una medicina ambulatoria estatizada con médicos que cobran por sueldo fijo no funciona bien casi en ninguna parte del mundo, porque le faltan los incentivos de la medicina hospitalaria, muy centrados hoy en día en el uso de tecnología.

Sin embargo, un sistema como el que quería Carrillo no sé si era posible en esas épocas, y creo no sería posible hoy en día porque requeriría un consenso social, que en el pasado el país tuvo en educación, en el sentido de costear con fondos públicos buena educación para todos, pero nunca se dio en salud, donde el hospital nunca pudo superar su tradición de caridad, salvo, como hemos visto para las emergencias.

De tanto en tanto se menciona la necesidad de elaborar una política nacional de salud, los intentos del SNIS de 1973 y 1983 que no cuajaron fueron los últimos. Por ahora no es prioridad, y el que puede contratar una buena prepaga para los problemas de todos los días, contando con que si hay una emergencia el SAME lo llevara a la guardia de los hospitales públicos. En el caso de las provincias sus homólogos, o las emergencias privadas, también muy prósperas.

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