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¿Realmente vivimos más?

Un mito, en el que casi todo el mundo, legos, o profesionales, creen.

Por Alfredo Zurita

Nunca deja de sorprenderme que los profesionales de la salud crean que ahora vivimos más que hace cien o mil años, cuando la simple revisión de la edad a la que murieron sus abuelos o bisabuelos debería mostrarles que no es así.

La confusión deriva de confundir la esperanza de vida, la edad promedio de muerte, con la duración concreta de la vida en condiciones más o menos favorables, es decir alimentación suficiente, abrigo y seguridad, pues si la alimentación no es suficiente en cantidad o calidad, no hay protección contra las inclemencias del tiempo, o la violencia, se vive mucho menos, y lo vemos en la diferencia en esperanza de vida actual entre los habitantes de los barrios de una misma ciudad, aun en los países desarrollados.

La primera vez que supe del tema fue en un texto de 1952 del Dr. Carrillo, primer ministro nacional de salud 1949 -1954, que diferenciaba la esperanza de vida de la duración de la vida, advirtiendo que prolongarla en forma más o menos artificial con la incipiente tecnología médica, podría suponer un costo social difícil de soportar.

Documentos más recientes del Vaticano, para orientación de los médicos católicos, recomiendan sopesar los costos y beneficios de un tratamiento antes de iniciarlo, y en Holanda, estrictas reglas de ética médica consideran falta grave tratar un paciente cuando no es razonable hacerlo, y eso incluye que Holanda fue el primer país en autorizar al médico a ayudar al paciente a morir cuando este considera que no vale la pena seguir viviendo.

Una reciente nota de la prensa internacional menciona un estudio inglés en que se comparó la edad en la que murieron políticos de la época de la Roma Imperial, con los políticos actuales, concluyendo que no han existido variaciones, partiendo del supuesto obvio de que los políticos son personas que tienen asegurada condiciones mínimas de vida aceptables, y superiores al común de la población, en esas épocas, y en las actuales.

Hace unos años hice una comparación de la edad de muerte de los presidentes argentinos, (o mandamás equivalentes), mostrando que no han existido variaciones en estos dos siglos. Cornelio Saavedra murió a los 70 años, y San Martin a los 72 por citar algunos ejemplos, aunque la esperanza de vida en esa época era de 35 años.

Como la esperanza de vida es un promedio, se ve muy afectado por las muertes infantiles, frecuentes hasta no hace mucho por carencia de agua potable, y falta de cuidado por pobreza y partos seguidos, incluyendo la pérdida del hábito de lactancia prolongada, que al ser reemplazado por mamaderas preparadas sin mucha higiene eran un riesgo adicional. Agua potable, menos hijos y vacunas han reducido diez veces la mortalidad infantil en las últimas décadas, contribuyendo al aumento de la esperanza de vida, aunque sin que la duración de la vida de los que superaban esta edad se viera afectado, porque aunque algunos progresos medicos han reducido las muertes en la edad adulta, los accidentes y violencia en general han compensado este progreso.

Cabría deducir de todo lo anterior que la medicina es inútil. Como lo destacan investigadores en el tema, el objeto de la medicina no fue nunca la prolongación de la vida, sino el alivio de las enfermedades, sobre todo del dolor, aunque la exageración en esto ha llevado a producir decenas de miles de muertes en Estados Unidos por uso de analgésicos potentes, del mismo modo que utilizar la medicina por razones estéticas puede llevar a la muerte como vemos periódicamente en las noticias.

Una entrevista años ha, con un colega europeo, médico general que ejercía en la ciudad de Bruselas, Bélgica, me dio la respuesta a cómo controlar el problema que preocupaba al Dr. Carrillo y al Vaticano. Me dijo que su rol no era atender a los pacientes, los especialistas en cada órgano lo podían hacer mucho mejor, sino ayudarle a decidir en cada caso, si valía la pena o no recurrir a lo que el especialista podía hacer, es decir actuar como una especie de consejero médico, del mismo modo que el contador o el abogado le aconsejan a uno en sus campos respectivos como declarar bienes y ganancias, o en un juicio.

Lamentablemente este tipo de médico general, ha desaparecido en Argentina, por diversas razones, y el paciente entra en el sistema de salud creyendo que sabe lo suficiente de medicina como para decidir por sí solo, sin consejeros apropiados, a que especialista debe consultar y si vale la pena o no someterse a sus decisiones.

Me preocupa si, que en los ingresos a residencias médicas haya escasos candidatos para las especialidades menos rentables, medicina general, pediatría, y superabundancia en las más rentables, como cirugía estética o anestesiología.

Mi experiencia con el Sistema Nacional Integrado de Salud, la política que impulsó el Gral. Perón en 1974, reconociendo que el ministro Carrillo ya se la había propuesto en 1947, me convenció de los problemas de transformar a los medicos en empleados públicos con sueldo uniforme, pero cuando veo que el mayor interés de los jóvenes profesionales es buscar la especialidad que más rinda me pregunto si no habrá una alternativa intermedia que conjugue los intereses de la población y los profesionales, y evite los costos económicos y sociales que temía el Dr. Carrillo, y objeta la Iglesia Católica en varias encíclicas.

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