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Poncho, Panchito, la Yegüita y lo inhumano

Por Patricio Sabadini

Lobo fue un perro siberiano de color blanco. Sus ojos eran tan diferentes como tiernos. Uno, un fuerte color celeste; el otro, oscuro, penetrante, a veces miel según el capricho del clima. Lobo, no era cualquier perro, era mi perro, el tercero de mi infancia y adolescencia tardía.

Un día, como uno de los tantos en que aguardaba el momento para escaparse, alguien tocó el timbre de casa. El destino quiso que quien escribe estas letras se entere la peor noticia: Lobo se hallaba agonizando a unos metros.

Alguien, a quien el diccionario no podría definir adjetivo alguno, habría atravesado un cuchillo o algo punzante en su cuello. El vía crucis fue una demolición espiritual, no solo caminar metros con mi Lobo en brazos, sino por el amargo consejo del veterinario de tener que apagar su agonía, acabar con su vida.

Jamás pensé en convertirme en un asesino, ¿Quién soy yo para decidir sobre la vida de alguien? ¿Acaso el mesianismo barato que afecta al hombre justifica dicha prerrogativa de decisión? Lobo cerró sus ojos y murió en mis brazos. Desde ese día aparece en mis sueños y mi vida ya no fue la misma desde ese crimen, obviamente impune.

Lo que ocurrió con Panchito, Poncho y la Yegüita, nos lleva necesariamente a Lobo. Todos, con diferencia horaria, casos de maltrato deliberado contra los animales, que por esas contradicciones de la ley (y vaya que las tiene), todavía parte del derecho considera que son cosas.

Para el Estado, estos escenarios criminales no pasan de un delito de daños, como si fuese que el dolor espiritual es cuantificable, tasable. No es posible aplicar el delito homicidio por no ser persona, ¿qué pensaría la orangutana Sandra de esto?, surge la pregunta.

¿Acaso pensamos que son demasiado humanos para ser cosas y demasiado cosas para ser humanos? Vaya contradicción del Estado, vaya hipocresía, somos nada. Solo en alguna parte de nuestra legislación se protege jurídicopenalmente el maltrato animal, una ley que ya tiene sus casi setenta años, con una escala penal que otorga letra para una comedia.

Más allá de la discusión sobre la (des)protección que tienen los animales (personas no humanas como le gusta a Sandra) la pregunta principal que hay de fondo es ¿En qué momento de la historia perdimos la humanidad? ¿En algún momento nos preocupamos de ella? o, más bien, ¿En qué escenario la dejamos?

En el debate de las últimas horas se llegó a plantear la culpa o el descuido de sus dueños, como en el caso de Poncho, ahora el inmortal. La voluntaria ingenuidad de muchos sabelotodo que viajan en las redes sociales llevó a intentar cimentar que la falta de diligencia sobre el cuidado de Poncho justifica su condena a muerte ¿En qué clase de estúpidos funcionales nos hemos convertido?

La multa que paguen no nos va a traer a Poncho, la multa que pague no me va a devolver a Lobo, el descuido no compensa la maldad de quienes los mataron. Claro, olvidamos que son “cosas” que nos pertenecen.

Lo cierto es que en tiempos donde se exige solidaridad, lo sucedido en estas últimas horas debe obligar a introducir humanidad en esta palabra, pues ser solidarios no solo debe contener esa faceta económica sino de compromiso como ciudadanos, en que estos, como otros actos criminales que aún no vemos como tales, como atentar contra el medio ambiente, no sean parte de aquella banalidad del mal que se adueñó de la historia nefasta para la humanidad.

Para ello debemos tener memoria, de dónde venimos, en que momento estamos, qué y a dónde queremos ir. La esperanza de un mundo mejor está intacta, y esto se vio demostrado en las últimas horas en la postura, casi unánime, en el repudio a estos crímenes contra los animales. Intacta, ya que supera los límites del hartazgo, y lo más importante, holgadamente elimina toda esta fomentada grieta a la que estamos sometidos desde hace tiempo.

Solo los chaqueños conocemos el valor histórico de cuidar a los animales. Sí, en la misma tierra del perro Fernando. Aún hay tiempo de cambiar, nuestra fe debe estar sostenida en las innumerables reacciones de los pibes a los que venimos decepcionando, la decepción también es como el hilo de la historia, se pasa de boca en boca y de generación en generación, aunque no existe nada predeterminado, somos fabricantes de nuestras propias ilusiones, solo es cuestión de hacerlas realidad.

Algo debemos dejar en el mundo, como un preludio a un hermoso desafío a Pessoa, en eso que “nada queda de nada, nada somos.” Y desde luego que debe quedar algo, y eso debe ser humanidad, por los Ponchos, Panchitos y animales de todo el mundo, al fin y al cabo ellos son solo el reflejo desafiante de nuestra miserable naturaleza. Disculpen la catarsis.

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