Sociedad |

La vieja bruja

Por Mónica Persoglia

La vieja bruja fue el personaje de un cuento, se asomaba a la mirilla a espiar para contar luego chismes y diretes, pero nada era cierto, sino fruto de su imaginación.

Hoy están las mirillas, pero no son ni viejas ni brujas los que se asoman a querer mirar la vida ¡Y cuanto ven! Coches que pasan, ¿a dónde irán? Algunas bicicletas, pocas personas caminando y hasta algunas con niños, el mundo se mueve afuera. Cuanto hay, cuanto se ve, cuanto de lo que no se miró antes.

Hasta se disfruta del panorama casi encuadrado, la gente se saluda con un gesto de la cabeza. Un tapabocas impide ver sus gestos o sonrisas. Algunos caminan presurosos. Otros mirando el suelo. Un ratito con la vida, la de afuera.

Se extraña el diálogo, las conversaciones. Ese es el silencio, mientras los perros ladran.

Desde un pequeño marco puede divisarse la vida, y la imaginación se deja llevar. No se está tras las rejas de un presidio, sino tras un límite que lo puso un ser microscópico y que se llama virus.

Si detrás de una mirilla tanto se ve mucho, cuánto más quienes tienen acceso a mirar con libertad y poder ver la realidad tal cual es.

Por ahora las miradas están recortadas, encerradas y cada uno en lo suyo. Aun así se descubre cuán grande y lindo es el mundo.

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