Sociedad |

La leyenda que se inventó para declarar ser humano al indio

Por Vidal Mario

La visita del presidente electo Alberto Fernández a la Basílica de Guadalupe (México) trajo un recuerdo histórico insólito e increíble: a la ilustrada, inspirada y santa Iglesia Católica Romana le llevó 45 años de investigaciones determinar que los indios americanos eran humanos con alma.

El lío comenzó cuando Colón llegó a estas playas. El suceso puso en jaque a los estudiosos bíblicos de la época (partidarios de la interpretación literal de la Biblia), porque los habitantes del lugar no eran ni asiáticos, ni europeos ni africanos.

No descendían ni de Sem, ni de Cam ni de Jafet, es decir, de ninguno de los hijos de Noé.

La no existencia de un cuarto hijo de Noé que sirviera de fuente para una cuarta raza ofrecía un gran dilema: o estos no eran seres humanos o la Biblia estaba equivocada.

Pero la infalible Palabra de Dios no puede estar equivocada. Así que para la Iglesia caía de maduro que los aborígenes no eran seres humanos y no tenían alma.

Se desató en Europa un gran debate entre los defensores de los derechos indígenas y los que querían demostrar, poniendo el Génesis como testigo, que los indios no eran humanos.

Pero la solución al dilema no estaba en Europa, sino a miles de kilómetros. En México.

LA VIRGEN Y EL INDIO

Si debemos creerle a la Iglesia, que le regaló al mundo cataratas de leyendas, la solución comenzó en 1531 cuando en la colina mexicana del Tepeyac la Virgen se le apareció a un “piadoso y rústico” indio llamado Juan Diego.

Le mandó que fuera a decirle al obispo del lugar, Juan de Zumárraga, “que era su voluntad que se le edificase un templo para ser allí singularmente venerada”.

Como el obispo no dio crédito a los dichos del indio, otra vez la Virgen se le apareció para exigir un templo donde ser venerada. De nuevo el aborigen fue a donde el obispo “para repetir con lágrimas y súplicas la demanda de la Madre de Dios”.

El alto prelado respondió al atribulado indígena que si le traía “una señal que manifestase claramente la voluntad de la gran Madre de Dios accedería a su petición”.

De modo que por tercera vez “la benignísima Virgen le salió al encuentro”, ésta vez mientras caminaba rumbo a la casa de un tío que había caído enfermo.

En éste tercer encuentro le pidió que fuera a recoger unas rosas que habían brotado en el cerro y las presentara al obispo. Esto era un milagro porque “era imposible que brotaran rosas maravillosas en plena estación invernal en aquel cerro formado por rocas áridas donde apenas podía crecer alguna yerba”.

Más aún, la Virgen estampó “su maravilloso rostro en la tilma del pobre indio”.

La imagen que la Santa imprimió en la capa no era la de ella sino la de una india de piel oscura, ojos rasgados y facciones propias de los indígenas del lugar.

Dicen las crónicas eclesiásticas que ante tan sobrenaturales evidencias el obispo cedió.

Las mismas crónicas – de los jesuitas- cuentan que “movidos los habitantes del lugar por tan extraordinario prodigio, edificaron un santuario en la colina del Tepeyac”.

Ese fue el germen de la actual “Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe”.

Por fin, seres humanos

Que la propia Virgen se le apareciera a un indio fue tomado como prueba contundente y definitiva de que los nativos americanos eran seres humanos y tenían alma.

Pero la lucha para que la Iglesia los declarase seres humanos siguió seis años más.

Recién el 2 de junio de 1537, el papa Pablo III en una solemne bula llamada “Sublimis Deus” dejó asentada para siempre ésta opinión de la Iglesia romana: “Los indios son verdaderos seres humanos y capaces de comprender la fe católica”.

Por fin, 45 años después de ser descubiertos, esos extraños seres de piel cobriza, semidesnudos, que se comunicaban en un lenguaje incomprensible y que vivían en estado natural y casi animalesco eran merecedores de la redención de Cristo.

Un beneficio que, sin embargo, no impidió que siguieran siendo explotados como animales.

Dejá tu comentario