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Hace 72 años asesinaban a un apóstol de la no violencia: Mahatma Gandhi

Por Vidal Mario

El 12 de febrero de 1948, en Delhi, en el marco de una colosal ceremonia, cremaron los restos del Mahatma Gandhi. Había sido asesinado doce días antes, el 30 de enero.

La pira funeraria estaba levantada en el Rag Chat, campo crematorio de los antiguos reyes, ubicado a orillas del río Jumna.

Ese día, en presencia de centenares de miles de dolientes, la inmóvil figura del apóstol de la no violencia desapareció y se hizo cenizas en medio de una anaranjada cortina de fuego.

Sus despojos, como lo disponía la costumbre hindú, fueron esparcidos en una corriente de agua que desembocaba en el mar.

El sitio que eligieron para arrojar sus restos era uno de los más sagrados de la India.

Es donde se unen las aguas cenagosas del Ganges con las cristalinas del Jumna y el mítico Saraswati.

Como una gota de agua en un océano sin límites, en la confluencia de estos grandes ríos, Gandhi se disolvió para siempre en el espíritu colectivo de su pueblo.

Había sido asesinado el 30 de enero, cuando tres balas de una pistola Beretta lo convirtieron en un gorrión abatido.

Un final contradictorio

Su muerte, a todas luces, fue una brutal contradicción de su vida.

Él, que había dedicado su existencia a la doctrina de la no violencia fue una de las víctimas de la violencia desatada tras la liberación de su país de los ingleses.

Cual Jesús, él hablaba de amor, de abstenerse de toda violencia y de creer en la bondad natural de los seres humanos.

Pero su doctrina era para santos, y en aquellos tiempos de locura y de angustias sin límites había muy pocos santos en la India.

Durante seis trágicas semanas, la feroz rivalidad religiosa existente entre hindúes y musulmanes provocó un aterrador baño de sangre y de confusión colectiva entre los más de 410 millones de habitantes de la región del Punjab.

Gandhi también cayó víctima de lo que con sus poderosos ayunos había logrado: la independencia que dividió a su país en dos naciones, India y Pakistán.

“Se ha extinguido la luz”

En la India aún resuena en algunos oídos éste discurso con el que Jawarharlal Nehru anunció su muerte:

“Se ha extinguido la luz de nuestra vida, y dondequiera sólo hay tinieblas.

Nuestro amado guía, “Bapu” como solíamos llamarlo, el padre de nuestra nación, no existe ya.

Se ha extinguido la luz, dije, pero dije mal. Aquella que brillaba sobre estas tierras no era una luz común.

Dentro de mil años su claridad todavía será visible, iluminará al mundo y traerá solaz a innumerables corazones.

Esa luz representaba algo más que el presente: representaba verdades eternas y vivientes y señalaba el camino, nos apartó del error y nos condujo hacia la libertad”.

Lamentablemente, muchos ayer no supieron y hoy no saben comprender la lógica inexorable del mensaje de hombres como Jesús, Lincoln, Martin Luther King, y Gandhi.

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