Salud |

Coronavirus. Concientización mediante la culpa

Una vieja costumbre, que también usan las religiones.

Por Alfredo Zurita

A diferencia de la educación en general, y la que se hace específicamente en salud, que aspira a proporcionar información para que las personas tomen decisiones críticas y razonadas, sobre sus conductas, la publicidad lo hace tocando resortes psicológicos y emocionales, de allí que se venden productos apelando a la belleza, la sensualidad, y en general a todo aquello que la gente desearía, y que se averigua mediante encuestas y grupos focales.

Del mismo modo se venden candidatos a presidente, haciendo que diga lo que las encuestas han indicado lo que la población quiere oír.

Los principios fueron desarrollados por un sobrino de Sigmund Freud, quien funcionó como asesor de varios presidentes yanquis y las grandes empresas de productos de consumo masivo, siendo su mayor éxito haber logrado que las mujeres fumaran como símbolo de liberación.

Para el control del coronavirus visto el escaso éxito logrado con la información que proporcionan los médicos y las autoridades con respecto a las conductas necesarias se ha iniciado una campaña por TV tratando de crear temor en la población de ser responsable de la muerte de sus padres y abuelos si no las respetan, del mismo modo que se colocan avisos de advertencia en los paquetes de cigarrillos, de que fumar causa cáncer y otros males.

Culpabilizar al paciente de sus males es habitual en la práctica médica, sobre todo en el profesional que no conoce las condiciones de vida de sus pacientes, y cree, que como él tiene auto, y casa y comida aseguradas, así como facilidad para salir de su trabajo por razones de salud, y por esa razón se ha propuesto seleccionar a los estudiantes de medicina no por sus competencias en matemáticas, sino por su origen social y cultural.

Afortunadamente técnicas publicitarias o de culpabilización dan poco resultado para cambiar la conducta de las personas, y digo afortunadamente porque de existir podrían ser usadas por los poderosos para cambiar las creencias y conductas de las personas y facilitar su control político, como hicieron las monarquías en su momento, y las religiones desde siempre.

La urgencia de control de la pandemia de coronavirus parece justificar pasar por encima de reglas éticas, partiendo de que se lo hace con buena intención, aunque como dice el refrán el camino del infierno esta pavimentado de buenas intenciones, y los efectos contraproducentes de campañas de educación/atemorizarían en salud han sido muy documentados. Entre ellos programas de educación sexual a adolescentes que aceleran el comienzo de las relaciones sexuales en vez de retardarlas.

Nada puede reemplazar la confianza de la población en sus médicos y sus dirigentes, para creer en sus mensajes, y creo en ambos casos estamos fallando, con médicos que, con excepciones, ponen sus intereses económicos por delante de la salud de la población, y políticos que priorizan la lucha por la obtención y conservación del poder a la salud de la población, aún en pandemias.

Se advierte en estos momentos que podría producirse saturación de la capacidad de terapia intensiva en AMBA, obligando a los médicos a priorizar unos pacientes sobre otros, sin que el tema parezca movilizar a los legisladores a discutir los criterios de tal priorización, prefiriendo ocuparse de sancionar leyes que crean programas para terapias para el coronavirus de eficacia aún no comprobada. Es decir no meterse en camisa de once varas, sino en aquellos temas en los que el consenso está asegurado, aunque sean de poca importancia, y querer congraciarse con los médicos en momentos en que se los necesita, aumentando aranceles, será solo pan para hoy y hambre para mañana, pues es todo un sistema político y social el que está en juego.

Se ha recordado en estos días al Dr. Favaloro con motivo de la re-inauguración de un hospital que lleva su nombre, y es bueno recordar que su plan de salud formulado por pedido del gobierno militar 1976-1983 recomendaba el statu quo, visto la complejidad del tema, del mismo modo que salvo los intentos frustrados del SNIS de 1974 y 1984 ningún gobierno ha querido meterse en el tema, incluyendo el Plan Federal de Salud 2003-2007 del actual ministro en su anterior gestión, del mismo modo que el Plan CUS, del último gobierno, ambos aprobados en forma simbólica en sendas reuniones del Consejo Federal de Salud, evitando su envío al Congreso sabiendo quizás que serían cajoneados, como pasó también con la Agencia Nacional de Evaluación de Tecnologías, cuya necesidad todo el mundo reconoce, pero duerme en el Congreso Nacional desde hace varios años, o la Ley de control de las infecciones nosocomiales, que causan todos los años 5 veces más muertes que las que ha provocado el coronavirus hasta ahora, con tratamiento también archivado por la política.

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